Son tiempos difíciles para los eternos y efímeros a la vez soñadores como el que guarda la puerta a mi mundo interior. Los suburbios se han autoproclamado capital del reino de la desesperanza y han pintado todos los cristales de un tono anaranjado, como un pequeño infierno particular. Las águilas vuelan raso y las nubes rugen por un futuro sin lluvias ni truenos.
Qué caos, qué felicidad, qué tristeza y qué belleza ver los versos precipitarse en granos de ceniza. Y es que siento como si fuese un seco anacardo en un desierto helado, intentando fundirme con el soplete que es mi aliento en un grito desolado. Nadie quiere probar un fruto tan insípido como mi alma a punto de estallar.
Ay, mi triste caos de la realidad.
Ay, maldito mundo de discordia.
¿Alguien más quiere colarse en la barahunda de voces y ecos y ruidos que son las alas de mi último vuelo por la pálida piel de una ninfa en descomposición?
Quizá quieras
o quizá prefieras ir a Roma en un día y volver.
Todos los caminos llevan a mi arruinada, caótica y atormentada Roma mental.
jueves, 15 de octubre de 2015
domingo, 23 de agosto de 2015
2:17
Hoy he vuelto a soñar a tonos anaranjados, como los cristales que empañan las herejías cometidas en las Iglesias, algo así como un paseo por la faz solar. Quizá fuera presa del calor que ya ni cesa de noche, cuando intento ordenar un poco mi mundo; o quizá sea que no lo he ordenado lo suficiente y la melancolía ha consumido el tejado. Me sentía como Dante bajando al infierno o como Dios cuando trata de existir, una angustia que llegaba desde la nuez hasta las yemas de los dedos de los pies, martirizando mi hígado por haber tomado tanta cerveza. Sala de espejos, todos mirándose a la vez, psicodelia espiritual. Mi moral se consumía a cada vez que me reflejaba en aquellos miles y miles de espejos y la debilidad que sentía me hacía estremecer, hasta tal punto de tirarme en el suelo en posición fetal, como cuando veo una película de Lars Von Trier. Creí que desnudándome me sentiría mejor y lo cierto es que la ropa me agobiaba un poco, pero verme reflejado desnudo no era muy de mi agrado. Poesía natutal, ritual ancestral de purificación. Navegando en una pestaña por un mar donde solo se reflectaba mi cara, mi cuerpo y mi alma en llamas. Desidia, ansiedad, debilidad, angustia, confusión y otros síntomas que incendiaban ni epidermis a cada parpadeo. Mi moral ya había desaparecido y las fuerzas que resistían a ese martirio eterno eran ínfimas. Solo quedaba gritar. Gritar tan fuerte que hiciera eco en Nueva Zelanda y volviese aquí. Grité. Una, dos, tres. Los espejos se quebraron y quedé libre de pecado. Mi sueño acaba aquí, pero el martirio continúa.
domingo, 12 de julio de 2015
Rosa azabache.
Desperté algo trastornado y en un estado de confusión progresiva. La sangre corría por mis venas como una carrera callejera de coches de esas películas tan malas que a todos le gustan. Quizá fuera efecto de las cuatro, cinco o veinte copas que tomé en aquella barra de neón y el repeinado camarero que me servía los vodkas con limón. Respiraba a ratos, otros no, y así cinco o diez minutos hasta que pude alzar mi caótica cabeza. Y es que tuve uno de esos delirios que forman parte ya de mi mundo, uno de esos sueños en los que todo se torna de gris a rosa en un par de segundos, pasando por una gama entera del engañoso azul. Asistía a un evento matrimonial importante y tú, por sorpresa, te presentabas en mi casa con un vestido azabache que realzaba esa figura de Venus de Milo que tienes. Tus ojos brillaban como un rayo de sol en medio de un universo vacío como el mío, y esa pequeña sonrisa de emoción, como la que pusiste la última vez que nos vimos en aquella estación un día de verano. Un temblor que iba desde las yemas de los dedos hasta lo más profundo de mi corazón se apoderó de mí. Entre ataque y ataque conseguí que mis brazos respondieran y pude recorrer tu cuerpo y envolverte a mí.
Llegó el evento y una vez más me agarrabas de la mano para que no volviera a caer en el abismo que observo cada madrugada y que es el fin de mi mar, donde ya todo está seco, muerto. El tembleque continuaba, y empecé a sudar como si hubiera corrido mil maratones. Quizá debido al horrible chaqué que llevaba o a la emoción de metamorfosear mi mano con la tuya.
Cayó la noche y con ello mi tensión. Un DJ cuarentón, alopécico y con ganas de haber sido un abogado de élite y haber acabado "pinchando" en una boda mediocre ponía música y todos bailaban como patos mareados. Tras bebernos un par de copas nos animamos a saltar a la pista de baile. El DJ cuarentón y alopécico hacía como si pinchase una de estas canciones que se llevan ahora, de esas de moverse como si te estuvieran estirando todas las extremidades del cuerpo a la vez. Entrada la madrugada, cuando los gallos cantan (y suenan mejor que el DJ cuarentón y alopécico), sonó una canción de Bob Dylan que decía que la respuesta estaba en el viento. Nos miramos, cerramos los ojos y dejamos que el viento guiara nuestros pasos. Bailar descalzos sobre un cable por encima del Pacífico al son de una corriente de la, otra de mi y una brisa de sí bemol. El baile perfecto.
Apagada ya la boda y despedidos todos nos sentamos en un balcón a ver amanecer. Era lo más bonito que había visto después de tu pelo moverse al bailar, y tus ojillos mirarme pidiéndome un último baile.
Nuestra estrellada noche acabó durmiendo mirando tu hermoso rostro pálido y acariciando ese tatuaje con tanto significado. Conexión. Ahora, estábamos conectados.
Desperté trastornado y en un estado de confusión progresiva. La sangre corría por mis venas como una carrera callejera de coches de esas películas tan malas que a todos les gusta.
Llegó el evento y una vez más me agarrabas de la mano para que no volviera a caer en el abismo que observo cada madrugada y que es el fin de mi mar, donde ya todo está seco, muerto. El tembleque continuaba, y empecé a sudar como si hubiera corrido mil maratones. Quizá debido al horrible chaqué que llevaba o a la emoción de metamorfosear mi mano con la tuya.
Cayó la noche y con ello mi tensión. Un DJ cuarentón, alopécico y con ganas de haber sido un abogado de élite y haber acabado "pinchando" en una boda mediocre ponía música y todos bailaban como patos mareados. Tras bebernos un par de copas nos animamos a saltar a la pista de baile. El DJ cuarentón y alopécico hacía como si pinchase una de estas canciones que se llevan ahora, de esas de moverse como si te estuvieran estirando todas las extremidades del cuerpo a la vez. Entrada la madrugada, cuando los gallos cantan (y suenan mejor que el DJ cuarentón y alopécico), sonó una canción de Bob Dylan que decía que la respuesta estaba en el viento. Nos miramos, cerramos los ojos y dejamos que el viento guiara nuestros pasos. Bailar descalzos sobre un cable por encima del Pacífico al son de una corriente de la, otra de mi y una brisa de sí bemol. El baile perfecto.
Apagada ya la boda y despedidos todos nos sentamos en un balcón a ver amanecer. Era lo más bonito que había visto después de tu pelo moverse al bailar, y tus ojillos mirarme pidiéndome un último baile.
Nuestra estrellada noche acabó durmiendo mirando tu hermoso rostro pálido y acariciando ese tatuaje con tanto significado. Conexión. Ahora, estábamos conectados.
Desperté trastornado y en un estado de confusión progresiva. La sangre corría por mis venas como una carrera callejera de coches de esas películas tan malas que a todos les gusta.
Y es que desperté y no encontraba rastro de tu cuerpo durmiendo a contraluz. Busqué entre mis sábanas y también bajo mi cama. En el baño, salón e incluso dentro de mí.
Volví a ese mundo donde puedo bailar sobre un cable, donde llevas ese vestido azabache a juego con tu nombre, donde puedo acariciar tu tez una y otra vez, toda una noche.
Donde eres mi pequeña rosa azabache, my little black rose.
She had a name, she called the wild rose.
lunes, 25 de mayo de 2015
A una piedra.
He de buscar
entre todas las zarzas y espigas
la última piedra del arca que guardaba su joyero.
Joyero de porcelana, así, arrugada,
como cuando bosteza.
He de romper la máscara con la luz tibia del ayer.
He de seguir los rincones con los dedos,
como si se fuesen a romper.
Y estos, lánguidos garabatos sin sentido, fuesen un soporte.
Piedra de neón en teatro fundido,
he de encontrarte
bajo las plumas del cuervo
o quizás en su nido.
No lo sé.
Ay, laberíntico joyero,
exhala otra hora más de amargura.
Ay, breve cuarzo esmeralda,
indeciso incienso encrespado,
ahógame en tu mar.
Allí, donde nadie vuelva a ver mis pupilas
ni
mis estúpidas poesías.
entre todas las zarzas y espigas
la última piedra del arca que guardaba su joyero.
Joyero de porcelana, así, arrugada,
como cuando bosteza.
He de romper la máscara con la luz tibia del ayer.
He de seguir los rincones con los dedos,
como si se fuesen a romper.
Y estos, lánguidos garabatos sin sentido, fuesen un soporte.
Piedra de neón en teatro fundido,
he de encontrarte
bajo las plumas del cuervo
o quizás en su nido.
No lo sé.
Ay, laberíntico joyero,
exhala otra hora más de amargura.
Ay, breve cuarzo esmeralda,
indeciso incienso encrespado,
ahógame en tu mar.
Allí, donde nadie vuelva a ver mis pupilas
ni
mis estúpidas poesías.
lunes, 4 de mayo de 2015
Vaivenes.
¿Qué hago?
Un arrecife de carbón
y un horizonte a mis pies.
Me ahogo.
Una Luna me señala con el dedo índice,
el de mandar.
La aguja marca las diez.
Monstruo de pálida tez,
guiña mi ojo como un alfiler
pincha un iceberg.
¡Déjame!
Tus aguas ya no viven
ni tus platinos ni tus verdes parpadeos han dejado de
bucear.
Ay, ¿qué hago yo ahora
con todo este polvo
lunar?
Ya me ahogo.
Como todas tus arcaicas pestañas
menos
las dos que cantan
de espaldas.
Pestañas de papel.
Un arrecife de carbón
y un horizonte a mis pies.
Me ahogo.
Una Luna me señala con el dedo índice,
el de mandar.
La aguja marca las diez.
Monstruo de pálida tez,
guiña mi ojo como un alfiler
pincha un iceberg.
¡Déjame!
Tus aguas ya no viven
ni tus platinos ni tus verdes parpadeos han dejado de
bucear.
Ay, ¿qué hago yo ahora
con todo este polvo
lunar?
Ya me ahogo.
Como todas tus arcaicas pestañas
menos
las dos que cantan
de espaldas.
Pestañas de papel.
domingo, 3 de mayo de 2015
Funeral por un sueño.
Al fin la vi en el penúltimo escalón antes del amanecer. Viento viejo susurra sus cabellos como finos hilos de Sol almidonado. Viento viejo en memoria llena y verde, viento viejo el que frunce los estigmas. Y sus ojos, como las hojas de mis dedos que se van, acorralados en un verde coral.
Tú, que llueves sobre mí, vuélvete otra vez y mira estos dos cráteres transparentes. Roza mis mejillas, tú, fina porcelana de museo. Baila conmigo al tiempo que marcan tus verdosos relojes de cristal. Sobrevuela estos profundos arrecifes que dejas a cada paso en la enormidad, allí, donde nadie oye mi voz.
Baja el último escalón, posa tu mano en mi pecho frío y enrédate en mi delirio.
Cállame con tu polvo lunar, porque voy a empezar a romperme en tu cielo.
Olvídalo, el despertador te ha vuelto a matar.
Tú, que llueves sobre mí, vuélvete otra vez y mira estos dos cráteres transparentes. Roza mis mejillas, tú, fina porcelana de museo. Baila conmigo al tiempo que marcan tus verdosos relojes de cristal. Sobrevuela estos profundos arrecifes que dejas a cada paso en la enormidad, allí, donde nadie oye mi voz.
Baja el último escalón, posa tu mano en mi pecho frío y enrédate en mi delirio.
Cállame con tu polvo lunar, porque voy a empezar a romperme en tu cielo.
Olvídalo, el despertador te ha vuelto a matar.
martes, 31 de marzo de 2015
Luna en celo.
No se quisieron rendir la noche y la luna pues el brillo del sol quemaba demasiado. Bronceado sobre ruedas y la luna en celo que engendró el demonio atado al tiempo.
Oh, el tiempo. Cara que a nadie agrada y cruz de mi agonía. Lo temo y lo espero. Lo busco y me escondo. Y viajo y me transformo. Soy la gota que colmó tu triste vaso. Armado con alas incandescentes, yo, mudo, llegué a tu punto débil; y descubrí que todo es un sin-sentido, que hiere. Tocado pero no hundido. Del revés, como un clavel a la deriva que fluye, que huye de vientos y tempestades como el flautista de tu flequillo al viento. Y los veintidós escalones que corren por tu espalda nevada tiemblan con el peso de mi voz hundida y apagada, rota por no ser capaz de cantarle a tus ingles quemadas y dormidas. No merecen mi aliento seco e insípido que dejó la tristeza al tantear mi costado. Merecen éxtasis. Luz de la luna. Luna hambrienta y con ceño fruncido. Sí, mi Luna.
Y ahora caen los titanes. Y caen los cimientos de tu utopía desprestigiada como hojas danzando al viento de levante. Ya todo es diferente. Sonrío, a veces, al recordar tus sueños inocentes, propios de tu esencia. Saltan lágrimas al abismo de tu recuerdo.
Pero no yo.
Yo solo espero alguna señal que me diga que sigues ahí, náufraga por mares de insomnio. Que retas a la vida como nadie antes lo ha hecho. Que aún piensas, de vez en cuando, en cómo nos mirábamos. Y las vueltas y vueltas que dábamos en nuestro tiovivo personal. Con caballos, sirenas y tres o cuatro bolas de cañón.
Pero
No hay más vueltas que las que doy en la cama yo, insomne. Las noches eternas. Tus labios en mi conciencia y mi fuego inquebrantable, incapaz de apagarse sin una bocanada de humo de tus fauces hambrientas de fe. Se acabaron sus doctrinas, no se puede apagar. Todo acaba en carne viva. El mundo arde y muere vivo al son de tu ombligo ensordecedor.
Y por fin la Luna
y el sol
consuman su amor casi idealizado.
La Luna ya sin celo y
Sol
ya sin fuego.
¿Y nosotros?
Espacio,
espacio.
Punto punto punto.
Telón.
Final.
Oh, el tiempo. Cara que a nadie agrada y cruz de mi agonía. Lo temo y lo espero. Lo busco y me escondo. Y viajo y me transformo. Soy la gota que colmó tu triste vaso. Armado con alas incandescentes, yo, mudo, llegué a tu punto débil; y descubrí que todo es un sin-sentido, que hiere. Tocado pero no hundido. Del revés, como un clavel a la deriva que fluye, que huye de vientos y tempestades como el flautista de tu flequillo al viento. Y los veintidós escalones que corren por tu espalda nevada tiemblan con el peso de mi voz hundida y apagada, rota por no ser capaz de cantarle a tus ingles quemadas y dormidas. No merecen mi aliento seco e insípido que dejó la tristeza al tantear mi costado. Merecen éxtasis. Luz de la luna. Luna hambrienta y con ceño fruncido. Sí, mi Luna.
Y ahora caen los titanes. Y caen los cimientos de tu utopía desprestigiada como hojas danzando al viento de levante. Ya todo es diferente. Sonrío, a veces, al recordar tus sueños inocentes, propios de tu esencia. Saltan lágrimas al abismo de tu recuerdo.
Pero no yo.
Yo solo espero alguna señal que me diga que sigues ahí, náufraga por mares de insomnio. Que retas a la vida como nadie antes lo ha hecho. Que aún piensas, de vez en cuando, en cómo nos mirábamos. Y las vueltas y vueltas que dábamos en nuestro tiovivo personal. Con caballos, sirenas y tres o cuatro bolas de cañón.
Pero
No hay más vueltas que las que doy en la cama yo, insomne. Las noches eternas. Tus labios en mi conciencia y mi fuego inquebrantable, incapaz de apagarse sin una bocanada de humo de tus fauces hambrientas de fe. Se acabaron sus doctrinas, no se puede apagar. Todo acaba en carne viva. El mundo arde y muere vivo al son de tu ombligo ensordecedor.
Y por fin la Luna
y el sol
consuman su amor casi idealizado.
La Luna ya sin celo y
Sol
ya sin fuego.
¿Y nosotros?
Espacio,
espacio.
Punto punto punto.
Telón.
Final.
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