sábado, 8 de marzo de 2014
El bosque trágico.
Le di esquinazo. Aquello que fuese lo que me estuviera persiguiendo había desaparecido. O eso es lo que yo quise creer. Me encontraba en el corazón de un bosque sumido en la noche. Cientos de árboles me rodeaban, atrapándome en mi propia locura. Empezaba a perder la cabeza. Llevaba como cuatro horas perdido, dando vueltas en círculos por aquel paraje umbrío. Mis pasos eran cada vez más lentos y pesados, la respiración era corta y muy consecutiva y mi corazón era una bomba a punto de explotar. Anduve hasta llegar a un claro y me acurruqué al pie de un árbol. Saqué mi teléfono del bolsillo derecho pero no tenía cobertura, incomunicado. Una densa niebla me cubrió de repente reduciendo mi campo de visión. Lento y cauteloso me movía por aquel paraje umbrío, observando el más mínimo detalle que mis sentidos podían percibir. Temblaba. La angustia que me producía el no poder visualizar nada me inquietaba. A duras penas podía caminar. La tierra me atrapaba y me hacía el camino imposible, hasta que el suelo desapareció bajo mis pies. Empecé a rodar por una ladera hasta caer en un pequeño lago de agua helada. Me estaba congelando sumergido en ese líquido gélido. Salí cuanto antes y me quedé en posición fetal durante unos minutos. Los escalofríos se apoderaron de mi cuerpo y no podía evitarlo. Perdí la sensibilidad en casi todas las partes de mi cuerpo, no sentía nada. Realizando un esfuerzo sobrenatural, conseguí ponerme en pie y dar unos pasos. Me apoyé en una pared de arcilla para intentar recomponerme de la hipotermia que acababa de sufrir. Levanté la cabeza y vi una sombra blanca esconderse entre los árboles. Algo me estaba observando y yo tenía que moverme. Quise ponerme en marcha pero mis piernas no respondían, no podía moverlas. Notaba la presencia de aquello que vi, cómo observaba mi sufrimiento y de alguna manera disfrutaba de él. Era incapaz de tenerme en pie, todos los músculos de mi cuerpo estaban congelados. Atrapado, sin salida ante ese ente acechante. Aquella era mi hora, todo había llegado a su fin. Cómo una vida entera se desvanece en cuestión de minutos. Cómo todas esas sensaciones habidas y por haber se juntan formando una pelota de inquietud e incertidumbre, haciéndote sentir nada. Cómo irte sin poder evitarlo, la impotencia de no poder hacer nada por salvarte. Todo eso sentía yo, y era horrible. Saqué fuerzas de flaqueza para incorporarme y observar lo último que verían mis ojos. La sombra blanca venía hacia mí a paso lento, sin detenerse. Su mirada se clavaba en mi persona haciéndome sentir peor que la hipotermia. No había nadie más. La Luna nos miraba desde lo más alto, observando la trágica obra de teatro que era mi vida en esos momentos. Me quedé sin aliento al ver que aquello de lo que huía era la sombra blanca de un niño pequeño. Se detuvo justo enfrente de mí y me estudiaba con sus ojos. Me miraba de arriba a abajo, pero no reaccionaba. Relucientes lágrimas caían de sus ojos. Entre sollozos dijo algo que no pude entender. Su voz era aguda y difusa, estaba perplejo. Me miró por última vez y me abrazó. Es lo último que recuerdo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)