domingo, 12 de julio de 2015

Rosa azabache.

Desperté algo trastornado y en un estado de confusión progresiva. La sangre corría por mis venas como una carrera callejera de coches de esas películas tan malas que a todos le gustan. Quizá fuera efecto de las cuatro, cinco o veinte copas que tomé en aquella barra de neón y el repeinado camarero que me servía los vodkas con limón. Respiraba a ratos, otros no, y así cinco o diez minutos hasta que pude alzar mi caótica cabeza. Y es que tuve uno de esos delirios que forman parte ya de mi mundo, uno de esos sueños en los que todo se torna de gris a rosa en un par de segundos, pasando por una gama entera del engañoso azul. Asistía a un evento matrimonial importante y tú, por sorpresa, te presentabas en mi casa con un vestido azabache que realzaba esa figura de Venus de Milo que tienes. Tus ojos brillaban como un rayo de sol en medio de un universo vacío como el mío, y esa pequeña sonrisa de emoción, como la que pusiste la última vez que nos vimos en aquella estación un día de verano. Un temblor que iba desde las yemas de los dedos hasta lo más profundo de mi corazón se apoderó de mí. Entre ataque y ataque conseguí que mis brazos respondieran y pude recorrer tu cuerpo y envolverte a mí.
Llegó el evento y una vez más me agarrabas de la mano para que no volviera a caer en el abismo que observo cada madrugada y que es el fin de mi mar, donde ya todo está seco, muerto. El tembleque continuaba, y empecé a sudar como si hubiera corrido mil maratones. Quizá debido al horrible chaqué que llevaba o a la emoción de metamorfosear mi mano con la tuya.
Cayó la noche y con ello mi tensión. Un DJ cuarentón, alopécico y con ganas de haber sido un abogado de élite y haber acabado "pinchando" en una boda mediocre ponía música y todos bailaban como patos mareados. Tras bebernos un par de copas nos animamos a saltar a la pista de baile. El DJ cuarentón y alopécico hacía como si pinchase una de estas canciones que se llevan ahora, de esas de moverse como si te estuvieran estirando todas las extremidades del cuerpo a la vez. Entrada la madrugada, cuando los gallos cantan (y suenan mejor que el DJ cuarentón y alopécico), sonó una canción de Bob Dylan que decía que la respuesta estaba en el viento. Nos miramos, cerramos los ojos y dejamos que el viento guiara nuestros pasos. Bailar descalzos sobre un cable por encima del Pacífico al son de una corriente de la, otra de mi y una brisa de sí bemol. El baile perfecto.
Apagada ya la boda y despedidos todos nos sentamos en un balcón a ver amanecer. Era lo más bonito que había visto después de tu pelo moverse al bailar, y tus ojillos mirarme pidiéndome un último baile. 
Nuestra estrellada noche acabó durmiendo mirando tu hermoso rostro pálido y acariciando ese tatuaje con tanto significado. Conexión. Ahora, estábamos conectados.

Desperté trastornado y en un estado de confusión progresiva. La sangre corría por mis venas como una carrera callejera de coches de esas películas tan malas que a todos les gusta.

Y es que desperté y no encontraba rastro de tu cuerpo durmiendo a contraluz. Busqué entre mis sábanas y también bajo mi cama. En el baño, salón e incluso dentro de mí.

Volví a ese mundo donde puedo bailar sobre un cable, donde llevas ese vestido azabache a juego con tu nombre, donde puedo acariciar tu tez una y otra vez, toda una noche.

Donde eres mi pequeña rosa azabache, my little black rose.

She had a name, she called the wild rose.

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