Volando,
cruzas el mar
con tus alas de titanio en llamas;
como un ave fénix resurgido
de las cenizas que
su cigarrillo dejó caer
en el mar.
Corriendo,
siempre al mismo sitio.
Rogando por el
tiempo que perdiste
en aquel barco de papel
sin capitán.
Ardiendo,
como el fuego en el que
tu alma llora, desconsolada.
Y arde, y grita, y llora, y sufre
y te gusta, te encanta.
Cambiando,
pasó de ser
un cristal opaco
a ser totalmente transparente
y destrozado por tu martillo,
tu aparente martillo.
Llorando,
como tu musa que
enterró su corazón en una caja
cuanto te miró por última vez
a tus estúpidos ojos
azabache.
Muriendo,
como tu conciencia
ahogada en el mar,
quemándose en el fuego
que tú mismo prendiste.
Arde, ego, arde.
viernes, 25 de julio de 2014
jueves, 10 de julio de 2014
Consciencia.
Contemplo el paisaje desde la discreta ventana de atrás. La calle vacía, el sonido del silencio y el gélido resplandor del viento rozando mi piel. El ocaso del día, la risa del verso, la felicidad del poeta y el llanto sosegado de una rosa azabache. El ambiente distendido destapa esa paz que va muriendo poco a poco apuñalada por joyas de ira y frustración. El aire se carga de hielo y fuego al mismo tiempo, bañándome en un mar ardiente de incertidumbre. Ecos resuenan en las paredes de mi cabeza, contando mil y una historias diferentes de malas lenguas que murieron con el paso del tiempo, todos a la vez. La consciencia anda borracha de remordimientos; y la esperanza, que fue raptada por aquellos sueños rotos, grita desconsolada en algún hotel de poca monta como la furcia que es.
Ahora tan solo quedan los pedazos de aquellas ilusiones creadas por la utopía que la imaginación construye a partir de lo desconocido. Ilusiones que fueron destruidas por el martillo del odio y la fobia que esta vida lúcida nos brinda. Sufrir por la sombra alargada del que está por encima de nosotros, por lo que no conocemos y apenas sospechamos, por el temor a la soledad, al ciego absoluto, a la discordia que reina nuestros corazones. Temor a los sentimientos, al sentir y no sentir, esta antítesis que a todos nos inquieta y que muchos esconden bajo una falsa fachada de frialdad. No saber dónde vamos, ni de dónde venimos.
Y ahora miro desde el cielo sentado en una nube. Y río, y lloro, y grito, y disfruto, y rabio. Soy un huracán de emociones. Todo duele, todo hiere. Pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ahora tan solo quedan los pedazos de aquellas ilusiones creadas por la utopía que la imaginación construye a partir de lo desconocido. Ilusiones que fueron destruidas por el martillo del odio y la fobia que esta vida lúcida nos brinda. Sufrir por la sombra alargada del que está por encima de nosotros, por lo que no conocemos y apenas sospechamos, por el temor a la soledad, al ciego absoluto, a la discordia que reina nuestros corazones. Temor a los sentimientos, al sentir y no sentir, esta antítesis que a todos nos inquieta y que muchos esconden bajo una falsa fachada de frialdad. No saber dónde vamos, ni de dónde venimos.
Y ahora miro desde el cielo sentado en una nube. Y río, y lloro, y grito, y disfruto, y rabio. Soy un huracán de emociones. Todo duele, todo hiere. Pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
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