domingo, 23 de agosto de 2015
2:17
Hoy he vuelto a soñar a tonos anaranjados, como los cristales que empañan las herejías cometidas en las Iglesias, algo así como un paseo por la faz solar. Quizá fuera presa del calor que ya ni cesa de noche, cuando intento ordenar un poco mi mundo; o quizá sea que no lo he ordenado lo suficiente y la melancolía ha consumido el tejado. Me sentía como Dante bajando al infierno o como Dios cuando trata de existir, una angustia que llegaba desde la nuez hasta las yemas de los dedos de los pies, martirizando mi hígado por haber tomado tanta cerveza. Sala de espejos, todos mirándose a la vez, psicodelia espiritual. Mi moral se consumía a cada vez que me reflejaba en aquellos miles y miles de espejos y la debilidad que sentía me hacía estremecer, hasta tal punto de tirarme en el suelo en posición fetal, como cuando veo una película de Lars Von Trier. Creí que desnudándome me sentiría mejor y lo cierto es que la ropa me agobiaba un poco, pero verme reflejado desnudo no era muy de mi agrado. Poesía natutal, ritual ancestral de purificación. Navegando en una pestaña por un mar donde solo se reflectaba mi cara, mi cuerpo y mi alma en llamas. Desidia, ansiedad, debilidad, angustia, confusión y otros síntomas que incendiaban ni epidermis a cada parpadeo. Mi moral ya había desaparecido y las fuerzas que resistían a ese martirio eterno eran ínfimas. Solo quedaba gritar. Gritar tan fuerte que hiciera eco en Nueva Zelanda y volviese aquí. Grité. Una, dos, tres. Los espejos se quebraron y quedé libre de pecado. Mi sueño acaba aquí, pero el martirio continúa.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario