Son tiempos difíciles para los eternos y efímeros a la vez soñadores como el que guarda la puerta a mi mundo interior. Los suburbios se han autoproclamado capital del reino de la desesperanza y han pintado todos los cristales de un tono anaranjado, como un pequeño infierno particular. Las águilas vuelan raso y las nubes rugen por un futuro sin lluvias ni truenos.
Qué caos, qué felicidad, qué tristeza y qué belleza ver los versos precipitarse en granos de ceniza. Y es que siento como si fuese un seco anacardo en un desierto helado, intentando fundirme con el soplete que es mi aliento en un grito desolado. Nadie quiere probar un fruto tan insípido como mi alma a punto de estallar.
Ay, mi triste caos de la realidad.
Ay, maldito mundo de discordia.
¿Alguien más quiere colarse en la barahunda de voces y ecos y ruidos que son las alas de mi último vuelo por la pálida piel de una ninfa en descomposición?
Quizá quieras
o quizá prefieras ir a Roma en un día y volver.
Todos los caminos llevan a mi arruinada, caótica y atormentada Roma mental.