viernes, 18 de abril de 2014
Cordura.
Eran las 4 de la mañana y seguía ante su antiguo y magullado escritorio. A su lado se encontraba una papelera rebosante de folios arrugados, cada uno con mil y una historias sin terminar. Nathan parecía frustrado, enfadado consigo mismo. ¿Qué podía ocurrir? Fuera se podían observar las gotas de lluvia y el sonido envolvente de los truenos. Había tormenta. Dentro, la bombilla titilaba cargando el ambiente de apatía y de incertidumbre propio de Nathan. Papá y mamá hacía rato que se fueron a dormir y el segundo hijo de los Gallagher quedaba a solas con sus propios pensamientos. Algo le rondaba en la cabeza, pero, ¿el qué? Desde hace unos días se le notaba un poco raro. Más de lo habitual. Siempre fue un chico alegre y despreocupado... hasta que sucedió aquello. Cogió la pluma con rabia y la tiró al suelo. Todo se le venía encima y estaba apunto de explotar. Se levantó de la silla y se dirigió a la cocina. Miró los cuchillos con deseo e incluso cogió uno con suma delicadeza. Lo observó detenidamente y pasó su mano por la hoja afilada. Una sonrisa malévola se le dibujó en la cara y los ojos se le inyectaron en sangre. Estaba apunto de cometer una locura. Pero no. Un ataque de cordura lo invadió e hizo que dejara el cuchillo sobre la encimera. Se quedó unos instantes dubitativo y finalmente bebió un vaso de agua y se fue a la cama. Debía descansar, al día siguiente era su primer día de instituto.
miércoles, 16 de abril de 2014
Todo aquello.
Tras la mirada del búho pude ver el fino caminar de una silueta difuminada. Una sombra iluminada por el brillo de la Luna. Rociada por la esencia de la noche. Una joya la cual es totalmente imposible de apreciar desde la ignorancia del ser humano. Se contoneaba ante mí agitando sus alas con una elegancia apabullante. Me miraba desafiante obligándome a traspasar el cristal translúcido desde el que la observaba. Cruzamos la mirada y todo se paró. Las hojas caídas de los árboles levitaban a su alrededor y las pequeñas gotas de lluvia la envolvían en un remolino de belleza pura. Ella daba vueltas y vueltas haciéndome perder la cabeza. Luchaba por romper el maldito cristal que nos separaba pero todo intento fue en vano. Le gritaba pero no me oía. Estaba encerrado en una caja transparente, con mi soledad como única compañera, de la cual no podía escapar. Cerré los ojos unos instantes y traté de imaginar nuestros cuerpos danzar juntos con la Luna de testigo. Bailar en armonía bajo la lluvia, con la niebla envolviéndonos y convirtiéndonos en uno. En uno solo. Abrí los ojos y despareció por completo. Solo quedaba la lluvia mojando mis sueños e ilusiones. Chafando todo aquella belleza que mi mente creaba para mí. Todo aquello que me hacía sentir un poco feliz. Todo aquello con lo que evadirme. Todo aquello.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)