Hay un trazo indefinido
en la frontera en que colisiona
mi yo real y tu yo aparente.
Cuando chapotea en el pozo de desidia
usted, majestad, sirve una gota perenne de ese amargo perfume
que hace brotar las pelusas.
Se ahogan en la discordia,
se alimentan del efímero recuerdo de un ideario
que termina en catarsis.
En cada intersección se borra el carbón,
los planos están lejos de salir del capullo
que tú encerraste con o sin propósito
de ser un muñeco sin cuerda.
¿Quién sabe si alguna vez serán tus rosas pálidas
o las pelusas y el humo cenizo...?
Quién sabe.
Nadie sabe.
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