lunes, 8 de diciembre de 2014

Pálpito.

Es un enfado puntual entre tus caderas y mis muñecas. Reinventar las calles de la melancolía por tu espalda anémica. Un fin del mundo eterno y lo que dura la vida en las moscas. La noche aún se presta a ser espectador de nuestra escena invisible, impasible. Somos la ciudad de papel en tus párpados ardientes. Espejos y espejismos que fusionaban los cuervos y la magia de los variados instrumentos empolvados. Un juego de cartas que metamorfoseaba en tus dedos. El alud arrasador de los sueños del mañana y una víspera de caricias y besos rotos, un deseo inhumano hacia ti. Volviste a engullir mi voz inhalada, la tomaste como la bandera del rencor. Alzaste mis manos hacia el infierno que, como compuestas de estrellas fundidas y rotas, se desgajaron en el vacío de materia oscura y tus labios reinando el escenario. El silencio gritó a tus pies y la clave de sol trepó por tus piernas blancuzcas hasta tu pelvis demente. Ciclos de ansiedad entre tus cabellos, días de impaciencia acurrucado en un ventanal fangoso de tu sombra. Recuerdo cuando las ideas perdieron valor en tu boca y resbalaban miradas por tus párpados ausentes. Aquel veintitrés de febrero en noche fría pasando el amanecer entre tus dedos entumecidos y una bocanada de humo y fuego proyectada en tu retina. Palpando tus entrañas en la inmensidad del abismo de tu alma impaciente, en el que caí.

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