miércoles, 11 de junio de 2014
Desaliento.
Echó a correr rodeada de cadáveres, polvo y armas que una vez tuvieron dueño. Sus piernas cada vez se movían más rápido y su pobre y desnutrido pelo lacio ondeaba al viento de la muerte. Le pedí que se detuviera pero ya había desaparecido en la tormenta de arena. Disparé mi arma a ciegas presa del orgullo. El polvo se disipó y vi cómo su cadáver volaba hacia el vacío eterno al que ahora estábamos unidos. Su cuerpo se hundió en la arena y se convirtió en cenizas. Juntos viajábamos hacia el limbo de la melancolía. Ella en muerte y yo en vida, o quizás al contrario, no estoy seguro. Nuestra bandera se desvaneció dejando una estela rojiza y cristalizada, que acabaría desapareciendo con la caída de la última hoja del árbol de la pesadumbre. Presa del desaliento, miré el cañón aún caliente del arma y acto seguido lo introduje entre mis dientes. Respiré hondo, cerré los ojos con fuerza y apreté el gatillo. Una lágrima de socorro se deslizó por mis mejillas en el momento que la bala atravesaba mi garganta. Ella, la única mujer que había amado y por la que tanto había luchado murió a mis manos. Murió mi bandera, murió mi libertad.
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