miércoles, 29 de enero de 2014

La luz se apagó.

Estaba aterrorizada. Podía ver en sus ojos el mismo miedo que encogería mi propio corazón. Pálida como la Luna, luchaba por respirar. Una sonrisa falsa se le dibujó en la cara pero ella lloraba por dentro. "Estoy bien" dijo soltando un sollozo al final. Le cogí la mano, estaba helada. Ella se zafó y me dio la espalda. Sollozaba cada vez más fuerte hasta que rompió a llorar. Cascadas de temor corrían por sus mejillas y caían al suelo, rompiéndose en mil gotas frágiles y cristalinas. Me coloqué enfrente suya y observé fijamente su rostro. Frágil y desnuda, pálida y fría. "¡Déjame en paz! No quiero ver a nadie" gritó tapándose la cara con el pelo. Me fui cabizbajo y triste. Daría lo que fuera por saber qué demonios le ocurría y poder ayudarla. Bajé las escaleras arrastrando los pies con aires de tristeza. Salí de la casa y la observé desde fuera. Oscura, se camuflaba con la niebla de la noche. Esa noche la única luz que había en aquella vivienda estaba fundida. No había vida, era un hogar abandonado. Me alejaba lentamente, echando la vista atrás hasta que la casa desapareció entre la bruma. Paré en seco, di un grito ahogado y volví corriendo. Rompí la puerta de un portazo y subí al segundo piso. No estaba en la habitación, ni en el salón ni en ninguna parte. ¿Dónde podía haberse metido? Miré en el baño y allí estaba ella. Su cuerpo yacía en la bañera, flotando en un mar de sangre. Un cuchillo atravesaba su pecho haciendo salir a la luz esos cristales rojos que ahora eran testigos de lo que un día fue y ya no es, lo que fue vida y ahora es muerte. Entre lágrimas, cerré sus ojos y salí de la casa. Aquella noche corrió la sangre y la luz se apagó para siempre.

lunes, 27 de enero de 2014

Fundido a negro.

Otra vez aquel sueño. Otra vez aquellas imágenes atormentaban mi mente impidiéndome dormir. Notaba que me faltaba el aire y estaba sudando como si hubiera corrido mil maratones. Mis ojos comenzaron a desprender tímidas lágrimas que cayeron sobre el lado frío de la almohada. Eran alrededor de las 04:30 de la madrugada y la luz de la Luna entraba por la ventana de mi habitación. A paso lento y secándome los ojos me acerqué a la ventana. Corrí la cortina y observé el paisaje. Calles vacías, sin vida. El frío hacia mella en los coches helando sus cristales y creando escarcha bajo sus ruedas. La Luna era la dueña de ese oscuro escenario. Fuera solo se podía escuchar el dulce silbido del viento en armonía con el cantar de los grillos. Empezaba a marearme y a sentir náuseas; y en el intento fallido de abrir la ventana me desplomé sobre la moqueta del cuarto. Una presión muy fuerte martilleaba mi cabeza, era insoportable. Gritaba y gritaba pero todo fue en vano, seguía sintiendo la energía de todo el planeta sobre mí, y entonces... todo se volvió negro.